
Hay otros que tratan de juntar las pieza, de saber cómo se dio la tortura generacional, de saber cómo se hizo pedazos la cabeza direccional que es una sociedad en conjunto o "una trama oscura de la que todos somos partes".
Ellos, los personajes de Bisama (Chile 1975), son "las imágenes de una agonía prolongada" de los niveles profundos y oscuros desde Valparaíso a Santiago. Personajes separados por los puntos finales de los relatos, pero que se cruzan continuamente, en frases cortas, claras y concisas que cogen una alta velocidad, en las calles de una ciudad enferma que se llama Death Metal, una ciudad en la que viven tantos. Y que, queramos o no, creamos o no, todos pisamos de vez en cuando.
Algunas cosas:

"...le pedía que le hiciera el amor para poner su mente en otra cosa, como si el deseo fuera (...) una mano que la sostenía en la oscuridad de la habitación y la garraba fuerte para que no fuera a salir corriendo rumbo a ninguna parte. (...) El amor y el deseo son formas de la mutilación, a veces".
"...la senda más honesta o terrible de todas: el camino de la piel".
"...me pidió que le dajara a solas con los segundos que le quedaban. Era lo único que tenía. La arena negra de los segundos".
"el futuro y el pasado son viscosos, imágenes de horror, los pedazos de una canción que se desarma".
"Me tatué una legión de demonios. Me tatué detalladamente el mapa que tendrá la tierra una vez que todo se acabe, de que todo se vaya a negro, de que el cielo se convierta en electricidad y granizo negro".
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