

"Esa sutil vibración de todo lo que nos rodea cuando leemos por primera vez una frase que jamás se nos olvidará". (R. Fresán)



Había retomado la lectura de El Crimen sin Fronteras de Misha Glenny, periodista de la BBC, donde desmenuza el mundo de las mafias a nivel internacional. En el libro cuenta cómo las mafias terminan posicionándose en los espacios sin ocupar por las políticas de los Estados y cómo son también el resultado de una serie de relaciones políticas, culturales y económicas. Al final, con el tiempo, se han convertido en el elemento clave que hace funcionar las dinámicas económicas de los países.
Ludmila intentó escapar dos veces. La primera vez un sargento de guardia, cliente del burdel donde la hacían trabajar, la delató. En la segunda, de la comisaría la llevaron al centro de detención por ser ilegal. En Israel como en muchos países no es el cliente sino la víctima a quien se considera delincuente.
Así de fuerte. Una historia dura con personas duras en los dos lados de la mesa, no solamente los mafiosos, sino también las personas que consumen esos servicios. Un sistema validado no solo por la oferta sino también por la demanda.
"Manadas de hombres de distintas razas, edades, y clases sociales entraban y salían de los prostíbulos. Sus rostros indicaban que habían aplacado cualquier remordimiento que pudieran haber sentido jamás acerca de la contratación de estos servicios”.
En fín, no era lo más propicio para leer antes de dormir.
Ante impotencias como las que generan estas historias no queda mucho más para eliminarlas que tocar otras cuerdas sensibles de uno. Cogí un libro de Bolaño, una compilación de sus cuentos. Me tocaba la segunda parte, Putas Asesinas. Siendo un título tan explicito para ese momento no pensé en una relación directa con la historia de Ludmila que acababa de leer. De repente mis ojos lo vieron, mi mente lo leyó, pero no necesariamente yo lo capté. Ese inconsciente perverso de uno decidió por el territorio ya conocido. Leí El Ojo Silva.
Ahora que releí el cuento para escribir esto me percaté de la advertencia que había ya desde el inicio: “el Ojo siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar”. El Ojo Silva, Mauricio Silva, un chileno en México perteneciente al círculo de exiliados del Chile de Allende. Es homosexual y es fotógrafo. Antes de irse a Francia a trabajar para una agencia de fotógrafos de París le confiesa alguna de estas cosas a X, el narrador de la historia. Los años pasan pero X siempre conserva en su memoria la imagen del Ojo de una manera particular: “una forma de acercarse, de estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática”. Viaja a Paris, lo busca sin mayores esfuerzos y no lo encuentra. Años después es el Ojo quien lo encuentra a X en Berlín. Ambos conversan y el Ojo tiene algo que contar.
Años atrás el Ojo tuvo que realizar un trabajo fotográfico para un escritor francés sin nombre. El que no se mencione su nombre y el que se trate de un escritor que trabaja en un libro sobre las distintas zonas rojas en varios países, me llevó a pensar en Misha Glenny que, contrario a la historia, es inglés. El nombre de la ciudad tampoco se menciona, lo que le permite a uno situarse en la ciudad que desee. Saliendo de la lectura anterior de Glenny, y topándome con descripciones similares, inevitablemente me situé otra vez en el ambiente que había descrito de Tel Aviv. Estaba yo, como lector, ahí otra vez. El Ojo tuvo que recorrer los lugares mencionados en el trabajo del escritor. Fotografías de burdeles para ilustrar la obra. Él iba, sonreía, tomaba fotos. Cuando sus guías se dan cuenta que no le para bola a las mujeres lo llevan a un prostíbulo de homosexuales. Nada tampoco. Creyeron que el Ojo era más friki y lo llevaron a otro establecimiento con un altar o un oratorio. Ahí solo hay niños. Niños pobres. Niños que se ofrecen a una divinidad cuyo nombre también queda en el olvido. “Trato de olvidar, dijo”. A los niños los castran antes de hacerlos parte de un ritual que consiste en gran cantidad de obsequios y comida. Después del ritual son devueltos a sus comunidades que los rechazan por la vergüenza. La prostitución es uno de los pocos caminos que les ponen por delante. “Escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en las que se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad”. M. Glenny en su reportaje ya había adelantado una explicación más certera: “la codicia material que apuntala la globalización, según la cual el dinero puede satisfacer todos los caprichos y deseos”. Ese es el nombre de la divinidad. El Ojo dice: “en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad”. Al final termina huyendo con dos niños que iban a ser castrados. En un pueblo alejado los cuida, los educa, los protege. El final del cuento no es importante en este caso. Salvo decir que cuando el Ojo termina de contarle todo esto a X, llora, llora sin parar.
El cuento de Bolaño, con la falta de referencias de ciertos lugares que hace crucial esta relación, me llevó a posicionarme en la misma lectura anterior, la de M. Glenny de la cual huía. Lla historia era la misma por que el ambiente era el mismo, por que las personas pasaban por lo mismo, porque tenían los mismos fantasmas encima. Lo que era distinto era un hecho: el hecho de que el Ojo Silva, un personaje de ficción, entraba y rescataba a dos niños del ambiente real en el que Ludmila Balbinova había vivido también, y del que M. Glenny, como periodista, solo podía rescatar la historia y contarla.
Lo que te permite la ficción en este caso, con la literatura y la ficción simbolizadas en el Ojo, es actuar sobre la realidad. No necesariamente en el acto real concreto pero sí en el formato de las historias. Te permite actuar sobre ella, “transformarla” como diría MVLL, transformar la realidad para embellecerla o empeorarla. “No se escriben novelas (ficción) para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo”. Lo que se añade: la voluntad del Ojo. La cura, la salvación.
El hecho termina siendo un hecho borgiano: el cruce de dos historias en las que primero uno conoce una realidad atroz que lo hace a uno huir a la literatura. Pero no, no lo borra, la literatura termina creando un personaje (el Ojo) que se introduce en esa realidad actuando directamente sobre ella al punto que rescata dos niños de la atrocidad.
La metáfora es que el Ojo Silva es la literatura que nos salva nosotros (y a Ludmila) que somos esos dos niños que forman parte de una realidad en crisis. La voluntad del Ojo es el deber que le concedemos a la literatura: salvar, salvarnos. Ante una impotencia en la realidad de no poder poner nuestras manos sobre la realidad palpable para cambiarla, la literatura, quizá no logra hacer lo que haría el contacto palpable con esta, pero sí nos hace creer en otras posibilidades para lo común. M. Glenny nos involucra, Bolaño nos salva. Con la veracidad del periodismo se puede contar cosas, pero en la verosimilitud de la ficción todavía queda la esperanza de la salvación, de un rescate, de que alguien nos venga a ayudar. Eso es pues la literatura.
El encontrar la salvación en un texto de ficción y no en un reportaje periodístico es algo que nos debe hacer pensar.
Como dice Bolaño al inicio del cuento: “El caso del Ojo es paradigmático y ejemplar y tal vez no sea ocioso volver a recordarlo”. No se equivoca. En la relación entre estos textos hay algo -“una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática”- que nos dice mucho acerca de la realidad y la ficción.
Un Duro Despertar (Hormigas editores, 2008) es, en principio, una imagen de Lima. Después es una novela negra. La Lima es la de los restos de una sociedad tras la dictadura fuijimontesinista: un Estado carcomido por la corrupción y una ciudadanía infectada con la cultura chicha. Todos están a la venta de manera implícita. También Fabio, un tipo al que el trabajo le estorba y hace taxi en el carro de su padre. Su rutina se rompe cuando, por dinero para pagar un cupo como taxista a los policías de la zona, decide tomar la misión de buscar a Zoe, la asesina y ex pareja del hijo de quien le paga el trabajo. Así pasan a ser las piezas de juego del padre de Zoe y el comandante Barrios que se muerden uno al otro por ascender a la dirección antinarcóticos de la policía. También se convierten en los personajes del gran reality show de la prensa chicha, donde los comandantes publicitan sus acciones para ser conocidos. Y también son el desenlace de una serie de relaciones ocultas establecidas por la venganza, el dinero, el deseo y la perversión de una sociedad que, como señala el mismo Aldo Pancorbo en una entrevista, busca “hacer de esta autodestrucción algo llamativo”. Algo se pudre en Lima.
En toda generación existen los que toman caminos trazados y los que trazan los suyos o por lo menos lo intentan. Estos, los que se construyen realmente (sean lo que sean), construyen sus personalidades con sus propios cimientos: discos de música, lecturas, manías familiares, recuerdos imborrables, búsquedas particulares... Lo que resulta de esto, en Death Metal (Estruendomudo 2010) es algo oscuro y denso; al principio extraño, pero al final normal, comprensible y real: personas absorbidas por sus propios dormitorios, mutiladas por sus pasiones, que buscan ser grandes con pequeños atracos, que buscan conexiones mágicas a través del Necronomicón de Lovecraft o la sangre de mono, que esperan su muerte en la barra de un bar o, también, que terminan contruyendo sin saber un camino igual al que tenían trazado.
"...la ciudad está viva: respira como un animal de muchas cabezas y garras y corazones y pulmones y pelos. la ciudad es un reptil enfermo que me transmite las imágenes de su agonía prolongada. y lo que yo hago es vudú para sanarla".
La historia. Dos niños judíos, Isaac Goldman y Ezra Leventhal, amantes de la ciencia ficción de una manera particular, personal, superior. Y una “niña rara”, Ella, de la que se enamoran. Todo dentro de un marco no sólo histórico (posiblemente los años 50’s en NY según Edmundo Paz Soldán) sino también espacial-temporal. Y en medio de todo, el constante fin del mundo que no es uno, sino la sucesión y el desencadenamiento de uno tras otro.
“Es fácil para otros (…) escribir, y hasta escribir muy bien, sobre las altas y bajas mareas del amor. Mucho más difícil de precisar son las variaciones en ese aparentemente estable lago que es la amistad y en cuyo centro, de tanto en tanto, estallan tormentas circulares y secretas por el solo placer de, enseguida, ser borradas por un inesperado cielo azul”.
El nombre de Luis Alberto Sánchez siempre lo escuché pronunciado con un tono solemne e imponedor por mi padre. Un nombre con un sonido que yo no pude escuchar porque simplemente no existía. Ese sonido es el del Perú del siglo XX. Que su segunda mitad fue un Perú de golpe de estados y toques de queda, de fiebre de revolución y liberación, de cafés y bares como trincheras de ideas políticas y revolucionarias, de la influencia del amor libre, de los primeros televisores y los primeros partidos internacionales de futboll. Un Perú de Prados, Hayas, Belaundes, Velascos y demás personajes. Pero para LAS el personaje no es sólo uno, lo es todo. Los Revoltosos (1984), la tercera entrega de una serie que atraviesa todo el siglo XX, no es la historia de alguien, es la historia de algo. Es la historia de la Historia.
Leí El Hablador para un curso acerca de la teoría política y literaria de VGLL. El análisis fue en la busqueda de las ideas culturales y políticas de VGLL en la novela. El libro es un ir y venir entre la cultura urbana occidental insertada en la capital limeña y el mundo de los indios machiguengas en armonía con la naturaleza de la selva.
Lamentablemente le di la notica a muchos ayer. Pensé que con todo eso de las técnologías la gente se había enterado antes que yo. Pero pude ver cómo cambiaban los rostros de la gente. Todos iguales: ojos abiertos, corazón partido y, tras un momento de rápida reflexión, tranquilidad, solidaridad.
After Burn (traducido con mal gusto como El Peso del Pasado). Confirmado. El lugar de Colin Harrison es Nueva York. O por lo menos mi Nueva York es el de Colin Harrison.
En Manhattan hay quienes son capturados y quienes escapan, quienes sobreviven y quienes son liberados. Hay quienes buscan y quienes huyen. Hay, también, los que hacen más de una cosa a la vez. Quiénes se encuentran en qué situación depende de la moneda, de la fuerza con la que una ciudad como NY pueda lanzar al aire la vida de sus habitantes. Pero en los thrillers de CH, dentro de este abánico de destinos, predomina siempre una acción: hay quienes se cruzan y se encuentran.
Hace unos años intenté leer a Henry Miller arrastrado por el inagotable personaje de Bryce Echenique, Martín Romaña. Ejemplo: "Decidí que la muchacha que estaba en la mesa de al lado con sus padres era lo que yo necesitaba, y empecé a actuar con un desparpajo cuyo centro motor me estaba funcionando indudablemente en el pene. La muchacha sonrió como si también hubiese leído a Miller...". Así, al tiempo, conseguí Trópico de Capricornio. Esperó largo tiempo porque la novela de Bryce me tomó largo tiempo y gozo terminarla. Llegado su momento no pasé de las primeras 50 páginas, recuerdo. HM tenía una extraña manía de ejemplificar todo hasta el infiníto que, impresa por la editorial Oveja Negra, sehacía aún más larga y tediosa en esas miles de letras apretadas por página. Parecen un montón de hormigas tratando de decir algo.
He terminado de leerla ahora. Podría decir "por fin" por dos razones. Porque así termino de leer también La Vida Exagerada... en cierta medida, y porque Trópico... es un largo, por momentos tedioso, recorrido por las venas picadas de los E.E.U.U. de su generación.
Nuevos súbditos: cinismo y perversión en la sociedad contemporánea, Juan Carlos Ubilluz
El Pensamiento Salvaje, La Ciencia de lo Concreto, Claude Levi-Strauss
Si bien los personajes del libro existieron, no basta con saberlo para creerlo. Capote hace que uno lo crea, que exitan. Que existan tanto en la obra como en su tiempo real, histórico, con esas ciento de descripciones como acercamientos de una cámara en primer plano, con esa atmosfera muy a lo No Country for Old Men "Inmediatamente encendió el motor y sacó el coche del promontorio dando marcha atrás. Frente a él, en la polvorienta carretera, vio un perro que trotaba bajo el cálido sol". Con ese esas múltiples voces, con ese narrador americano único que hay el mundo, narraciones que se leen como subtitulos bajo la pantalla, subtítulos amarillos "El comienzo había que buscarlo mucho tiempo atrás, once años atrás, en aquel otoño de 1948 cuando Wells tenía diecinueve años".
Pienso -por pensar, por seguir pensando- que puede que ninguno de los personajes o hechos hubiesen ocurrido en verdad si Capote no estaba, en la parte ya del camino que llaman 'después', pensando ponerlos por escrito de tal manera. La obra como razón de ser de la realidad y no al revés. Puede ser, porqué no. Voltear la torta. Total ¿no es como saltar de un trampolín?
Sí, es cierto, "hay, en el convencionalismo, una dosis considerable de hipocresía".
Algunas cosas:
"Aquellos ojos suyos, (...) translucidos como la cerceza a contraluz".
"Los objetos pequeñitos le pertenecen a uno del todo".
"El estado de ánimo del hombre que firma un seguro de vida es semajante al del que firma su testamento: por fuerza piensa en la muerte".
"Cuando llega el momento de asumir la responsabilidad de un hogar, de unos hijos, de un negocio, entonces se establece la diferencia entre niños y hombres".
"Cuando la señora Johnson corrió el cerrojo de la puerta, pensaba tanto en los vivos como en los muertos."
"Cariño y afecto goteaban de mi corazón como agua sucia".
"Todos lo crímenes podían considerarse como variantes del robo . Incluido el asesinato. Cuando mata a un hombre, le robas la vida".
"El alamacen estaba iluminado como una calabaza de Halloween. (...) Era como saludar a los invitados a su propio funeral".
Algunas cosas más: 




Las ventanas son el camino al mundo de uno; las puertas, al de los otros. En Tierra de Nadie de Onetti todos están ahí, tras las cortinas y cigarro en mano, buscando el suyo. Buenos Aires, el personaje principal, los obliga a eso. La ciudad se carcome dentro de ellos: "Días y noches, días y noches, todo grotesco y muerto, amontonado". Por eso todos piensan y se emborrachan, buscando la solución, un lugar fuera de esa ciudad, algo que no puede ser, algo que no pueden tener, porque nada es de nadie... y menos de ellos.
Terminar de leer un libro de Rodrigo Fresán es, en realidad, empezar a leerlo. Y es que su obra tiene un orden particular, su orden, el orden fresaniano, el orden del Irrealismo Lógico como él mismo denomina a su narrativa. Su territorio es siempre, en mayor o menor medida, Canciones Tristes, la ciudad en donde solo se cumplen y rompen las leyes de RF. Una ciudad que viaja por el mundo a través de su obra –Sad Songs, Chamnsons Tristes- y cuando esta no es el escenario, son sus leyes las que colonizan, en este caso, México, Ciudad federal de México, DF.